La libertad de los parques urbanos
lunes
julio 27 09
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ZaGo
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Hace unos días, por trabajo, estuve todo un fin de semana en el Parque México de la colonia Condesa, en la Ciudad de México. Todo lo siguiente es lo que observé:

Grupos de adolescentes que jugaban diversos deportes, con reglamentos flexibles, cambiados y urbanizados. Desde los casi veintidós que jugaban fútbol con porterías imaginarias hasta los que habían inventado un deporte entre el baloncesto y el soft ball, una cosa muy rara, resultado de forzar la imaginación para adaptarse a las circunstancias. Supongo que así se habrán inventado muchos deportes que ahora son olímpicos.

Los niños que jugaban con yoyos. Eran como 20; estuvieron ahí la mitad del día, mostrando sus habilidades. Un detalle me hizo pensar que ya no sé nada sobre la niñez: los yoyos eran de dos precios, $800 el más barato, $1,400 el más caro. ¡¿Qué?! Yo que pensaba que el Wii había sustituido a esos juguetes de madera o plástico. No los sustituyo sino que los juguetes de madera o plástico ahora son de titanio, aleaciones carísimas y tecnologías alemanas o japonesas.

Vi a los que practicaban bailes: las chicas hawaianas son las primeras que recuerdo porque no parecían hawaianas para nada, sus bailes tampoco parecían isleños, parecían otra cosa, pero su atrevimiento era mordaz. Del otro lado del parque, entre la tarde y la noche, bajo una carpa para 5 o 6 parejas, bailaban 18 parejas y unas cuarenta personas las observábamos formando un círculo apretado e irregular; eran bailes de salón, sin profesor, pero sí un ingeniero de audio; lo más bailado era el tango, en tarde de domingo, con esos cielos tormentosos de la Ciudad de México en julio. Llovía y no llovía.

Pleno mediodía, el calor más sentido: los que bailaban por la paz, ¿por qué no? Un grupo de animadores como de la televisión proponía pasos y movimientos súper dinámicos. Hasta ahí yo estaba con los ojos bien abiertos, pero lo que me dejó con la boca abierta fue ver a los seguidores: había familias enteras, con papás e hijos de todas las edades, ¡había un perro!, había una viejita en primera fila, a quien le creo si la veo sentada en la primera banca de una iglesia, pero ahí, en el parque, bailando así, no era algo normal; pero qué bueno todo eso, pensé.

Había también baile de vientre, entre los árboles; las chicas sujetaban telas y daban vueltas. Sólo eran tres pero su valentía era de cientos de personas en una sola. No se sabía quién de las tres era la profesora. Luego asumí que era la que comenzó a fotografiarlas en ángulos muy agudos.

Las disciplinas orientales, el karate, el tai chi, la meditación. Todas ellas diseminadas matutinamente, confundidas entre la vegetación; los practicantes se disponían entre arbustos bajos, respiraban y se veía que se concentraban en algo, que podía ser desde la paz eterna hasta un pozole.

Un señor empujaba con su estómago un autobús que era de la mitad o de un tercio de un autobús normal; dentro de él iban niños de entre dos y cinco años. Miraban el mundo del parque desde el interior de ese minúsculo autobús, a través de cristales sucios. Y yo deseaba tanto ir ahí.

Un señor panzón, como de 40, cuya única vestimenta era una falda rosa diminuta, de las que se usan para practicar ballet, y unos tenis, paseaba con una sombrilla mientras anunciaba un producto. Detrás de él, de vez en cuando, pasaba una camioneta con una fotografía gigante con la publicidad del mismo personaje (aunque el parecido era extremo, el señor de la foto era otro al que caminaba).

Lo que más vi fueron perros domados por sus amos. Había de muchísimas razas y tamaños. De todos los colores. Algunos perros peleaban entre sí, otros se ignoraban y otros se daban besos. Y sus dueños, aprovechándose de estas situaciones, comenzaban a charlar entre ellos. Es posible, creo, que la interacción entre esas mansas bestias lleve, luego, a la interacción entre sus dueños. A propósito.

También vi actividades para niños, tienditas (minúsculas tablas) de dulces que pensé que ya no existían; booths de asociaciones que promovían lo orgánico, las bicicletas y la tranquilidad urbana; cientos de personas en bicicletas, patines o patinetas; novios desde el siglo uno hasta el actual y personas que tomaban el sol, unos con ropa, otros con media ropa y otros en traje de baño.

Había unos carritos tubulares, sin carrocería, para cuatro personas. Los dos de atrás hacían que se moviera, con unos pedales como de bici. Los dos de adelante eran paseados, no tenían que hacer nada excepto sentarse. Son del tamaño de un auto pequeño y estaban por todo el parque. En uno, vi a dos punks que llevaban a uno que parecía que trabajaba en agencia de publicidad, y pensé estar viendo una película de ciencia ficción.

Una tarde, se estacionó una combi azul en las orillas del parque. Sus puertas se abrieron y se convirtió en un escenario musical. Adentro había de todo, incluyendo, parece, una pequeña casa. La banda comenzó a tocar sin importarles si estaban en el Parque México o en el medio oriente o soñando.

Y por último, cómo olvidar a la pareja de viejos que levantaron la tapa curva de un hongo gigante de metal y comenzaron a bajar, despacito, una escalera que conducía hacia el subsuelo del parque. Cuando sus cabezas desaparecieron bajo la superficie y cerraron la tapa estirando la mano, en ese momento, pensé que ya había visto todo.

El parque vivía. Un circo, una ópera y la plaza de un pueblo de provincia mezclados. También pudo haber sido el rodaje de una película. Sus actividades, las del parque, igual que en un cuerpo humano, cambiaban según la hora del día. Sus ruidos, también. Era divertido, raro, excéntrico y natural.

Tal vez el más raro ahí era yo, porque era sólo un observador nostálgico, recordando mis años en esa ciudad. No me asustó nada de lo que vi, al contrario, me gustó ver cómo un claro de la ciudad servía a sus habitantes para realizar las cosas que no pueden hacer ni estando solos en su habitación.

Y mientras cruzaba la calle para entrar al parque la última vez, pensé en nuestra alameda, en Querétaro: vacía y pulcra, encerrada; en su sofisticación que no ha podido existir. Querétaro, la mini metrópolis embarazada, no tiene un parque urbano que funcione como espacio catalizador y que proporcione tantas sorpresas visuales.


Categorias: Vida urbana  |   |  Comentarios [4]
lunes
julio 27 09
Comentario de Poncho
Cuando más, en Querétaro existen los parques de barrio. Ahí está el parque de Carretas, el de Jardines de la Hacienda, frente a la iglesia de la Sagrada Familia, está también el parque de Bosques del Acueducto, que da a los Arcos, o bien el de Circuito Álamos.
martes
julio 28 09
Comentario de JDB
Yo suelo ir al parque de Carretas y al de Jardines de la Hacienda; he ido también al Bicentenario, al Querétaro 2000 y a uno que está por Jardines de Querétaro muy ralo, por cierto. Voy con mi hijo y puedo decir que, gracias a ello, voy a un ritmo lo suficientemente lento como para vivir las pequeñas historias que en todos ocurren. En todos los parques hay perros atrapando frisbees, señoras haciendo yoga, familias comiendo tortas, niños en triciclos, bicicletas, coches; en todos hay un niño corriendo y llorando, unos novios creyendo que nadie los ve, niños scouts haciendo nudos en unos palos, señoras perfectamente maquilladas caminando, según ellas rápido; señores en pants con zapatos, adolescentes emos con ipod; tres familias con fiesta, globos y carne asada; trabajadores en su descanso jugando fut; una pareja de recién casados sonrientes, muchas señoras jóvenes con carreolas que parecen transformers; un maestro de danza folclórica enseñando zapateado a muchas niñas y un niño; viejitas de blanco levantando los brazos al sol; puestos de chicharrón con salsa, adolescentes gritando a coro; taxistas dormidos en su tsuru.
martes
julio 28 09
Comentario de HAL
Está sabrosa la narración.
miércoles
julio 29 09
Comentario de IGF
Hay parques y hay plazas. En Querétaro se puede disfrutar de espectáculos callejeros bastante emotivos, como el señor que hace toda una orquesta con su teclado eléctrico a veces en Jardín Zenea, a veces en la Plazuela Mariano de las Casas. Pero esto sucede más bien en las plazas, que generalmente son un poco mas de los municipios que de los vecinos. En los parques he vivido experiencias no tan agradables, parece que la gente es muy celosa, a veces conservadora, hasta intransigente. En Carretas estuve cierta vez con mi batucada; una tarde de sábado, nosotros tocábamos y los niños brincaban alrededor, era un ensayo simplemente. En veinte minutos llegó la guardia municipal, por una queja. Estábamos acusados de «alterar el orden público». Obviamente era una tontería que ni los policías se tomaron demasiado en serio cuando vieron lo que hacíamos, simplemente nos pidieron que acabáramos pronto el ensayo. Lo triste de la experiencia fue la falta de trato humano del quejoso, ¿qué le costaba pedirnos amablemente silencio en lugar de llamar a la GM? No lo sé, pero creo que estamos lejos de tener parques que parezcan circos... tal vez aquí no son necesarios todavía.
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