Viajar en globo siempre me había parecido muy atractivo, aunque innecesario, además de caro. Pensaba que era muy probable que siguiera viviendo indefinidamente sin haber sido elevado algún día por el aire y ser llevado por corrientes de viento impredecibles. Me llamaba la atención, sí, sobre todo cuando me encontraba con los paisajes de Capadocia fotografiados desde las alturas y alcanzaba a ver otros globos en la distancia. Pero así de distante como me parecía Anatolia, así me parecía la idea de viajar en globo.
Sin embargo, el año pasado lo hice, por una circunstancia laboral. Las dos horas previas a volar fueron poco amigables: me levanté de noche (entre cuatro y cinco) y viajé media hora en carretera sin poder dormir de nuevo; cuando llegamos al punto de encuentro, para que nos llevaran a la pista de despegue, seguía siendo de noche. Al llegar ahí, hacía un frío terrible; no sé cuánto esperamos, tal vez media hora, pero a mí se me hizo mucho. Cuando comenzaron a inflar los cuatro globos, todo el ambiente comenzó a iluminarse con el fuego; fue también el momento en que el cielo comenzó a dejar de ser negro y a hacerse azul oscuro. La emoción de ver todo eso disipó al frío poco a poco.
Cuando los globos estaban completamente inflados y cada quien avanzaba hacia el suyo, había ya mucha luz. Todavía no salía el sol pero todo se veía claramente. Una luz naranja. Dentro del globo no hacía tanto frío porque el fuego está siempre ahí, a un metro arriba de nosotros: la flama es poderosa y emite un estruendo de vez en cuando.
Pensé que de repente me iba a dar cuenta de que ya estábamos en el aire, pero no. No fue así de simple. De repente me di cuenta que comenzamos a arrastrarnos por el suelo, sobre tierra suelta y piedras pequeñas, de manera horizontal, no vertical (como si un grupo de personas empujara o jalara la canastilla). Eso me asombró mucho. Sé que suena poco interesante pero sentir que el despegue no era hacia arriba sino hacia un lado me produjo una sensación nueva, de estar descubriendo algo. Después de unos metros, sí, comenzamos a elevamos muy despacito. Ese primer momento de misterio hizo que todo el vuelo tuviera sentido y que me llenara una sensación desconocida. No existía un procedimiento, había muchas pequeñas cosas dejadas al azar: no teníamos por qué ir hacia arriba; todo dependía del viento.
Se me quitó el miedo a las alturas y pude asomarme y observar todo, las carreteras, los otros globos, campos siendo arados, ranchos con animales, urbanizaciones para nuevos fraccionamientos y muchas más cosas que no se ven cotidianamente desde nuestra fija y limitada perspectiva, herencia del homo erectus. Hasta vi a una mujer despertando en su cama, a través de su ventana, justo antes de aterrizar al lado de un arroyo —pesando lo mismo que una hoja.
Lo que más me gustó de estar viajando en globo es que tenía mucho de antiguo. No sabría cómo describirlo porque fue onírico y fantasioso, pero sé que sentí casi lo que sintió la primer persona que viajó en globo en 1783, cuando el globo aerostático se convirtió en el primer medio de transporte aéreo de personas. ¿Fui yo la misma persona de 1783? Aunque sea por instantes, sí; lo fui. Como cuando comemos por primera vez un caracol de mar: somos como la primera persona que lo comió en la prehistoria, sí; es el mismo sabor, la misma sensación de conocimiento y aprendizaje.
El vuelo en globo forma parte del reducido número de cosas que pueden devolvernos el asombro por sus características que bien contrastan con nuestra época: es rudimentario, físico, lógico, análogo; algo que se seguirá rigiendo por las leyes de lo aleatorio, no de la tecnología moderna.
Normalmente, cuando se desea mucho algo y después se adquiere, se elimina el deseo y también todas las emociones que provocaban ese deseo, es decir, se vuelve cotidiano, conocido y hasta aburrido. Mi vuelo en globo, no; lo sigo recordando como una de las cosas antiguas que he hecho y deseo volver a hacerlo varias veces más. Es el vuelo en paracaídas de los tranquilos.
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