La oficina en donde le pongo las comillas a esta «palabra» fue edificada en el siglo diecisiete. Sus muros son de 66 centímetros de ancho y el techo está a cuatro metros y medio del piso; aún con la puerta y la ventana abiertas todo el tiempo, nunca hace tanto calor ni tanto frío. Sus materiales, sistemas e instalaciones provinieron de localidades cercanas. Y lo más seguro es que la construcción haya estado a cargo de personal que habitaba en el pueblo. Parece que con buen mantenimiento podría seguir funcionando unos siglos más.
Antes de todo, esto era la parte baja de un cerro, con piedras medianas grisáceas y amarillentas, vegetación rala y fauna de terreno semi-árido. Antes de oficina, este edificio fue casa y posiblemente mesón, por lo que el espacio desde el que ahora observo el patio pudo haber estado ocupado por una cama o dos, burós, velas y quinqués, un ropero y tal vez un sillón pequeño. Ahora, hay una mesa para reuniones con seis sillas, este escritorio, dos libreros y cuatro cuadros colgados en las paredes —tres de Querétaro y uno de Pirán—, y la música que escucho es registrada todo el tiempo, en el este de Londres, por Last.fm.
Las letras que oprimo para escribir llegaron de China hace cuatro años aunque fueron diseñadas en Estados Unidos. La tienda que distribuye estas computadoras en Querétaro tiene muros divisorios de un centímetro de espesor, en donde ahora hace un calor insoportable pero en invierno hay personal que trabaja con los guantes de lana puestos.
La transformación del espacio, de los materiales con los que se forja, sus accesorios y su luz, está definida por la economía del momento (y la economía, también siempre, ha estado delimitada por unas cuantas familias y unas cuantas manos). Ella ha determinado la mayoría de los aspectos sociales y culturales (y tecnológicos) de la humanidad desde hace siglos, y las comparaciones son necesarias para entender otros fenómenos como el que ha hecho que la comunicación evolucione de los primeros libros de Gutemberg a los libros modernos, a los periódicos, a los blogs, a los twitters.
En la Grecia clásica, los filósofos hablaron del vértigo. Hoy, lo hace todo el mundo, muchas veces sin contexto, no por arrebato sino por ignorancia. Ya se habló antes en este blog de este tema, de la identidad en movimiento. Pero no es la reflexión con la que yo quería terminar.
La transformación del espacio, público y privado, es un tema que me inquieta porque va más allá de la reflexión, del estudio, de la meditación y de la especulación. Simplemente, no puede ser objetivo. Cuando el hombre crea el espacio, la intención es clara e inescrutable. Un segundo después, sin embargo, queda en manos de nadie; su futuro habrá de ser incierto hasta que deje de existir.
En comunicados oficiales, se ha dicho ya que nuestro Palacio de las Artes, al igual que los palacios similares en otras partes del mundo, durará cien años. Nadie profundiza en ello (sería un ejercicio ocioso) excepto yo; pienso en sus últimos diez años, del 2100 al 2110; pienso en las detonaciones que lo harán implotar, en lo que podría construirse ahí después; de todos modos, los que ahora están involucrados en él no vivirán entonces. Y pienso también, de la misma manera, en la casa en la que ahora vivo, en la casa en la que pasé mi infancia, en la casa en que mis padres pasaron sus infancias, en los portales en donde tomo té. Esos espacios mutarán, es posible que se conviertan en refugios desgraciados y no habrá memoria para rescatarlos, ¿para qué?
Hasta las iglesias, que siempre nos han parecido intocables y continuas en su devenir, han visto sus espacios transformados por otros usos y personas. O, simplemente, han permanecido en desuso por largos períodos; imagínense: entrar en una iglesia oscura, que no se ha abierto en unos años, debe ser como poder entrar en la mente de alguien que murió tiempo atrás y darse cuenta de que no siguió pensando.