| ¿Los desnudos españoles? En el refectorio | |
Varios edificios que ahora son museos en el Centro Histórico de Querétaro antes fueron conventos o monasterios. Son los mejores museos de la ciudad y también de la región que se extiende desde donde termina la mancha urbana de la Ciudad de México hasta donde empieza la de Guadalajara. Y son los mejores, sí, por algunas de sus colecciones o permanencias, pero sobre todo por los grandes claustros que sirven de indomables vestíbulos a sus galerías.
Pero hoy no hay que pensar en las galerías ni en las colecciones ni en el museo. Propongo que hagamos, de nuevo, una reflexión sobre el uso del espacio y sus mutaciones, sólo posibles con el permiso de los siglos.
A ver, si yo pido una cita con el obispo (que ya, de por sí, podría ser un atrevimiento) y logro (no sé cómo) hablar con él para exponerle mi idea de poner un restaurante bar en la nave principal de alguna iglesia del centro, seguro que le hago pasar un coraje muy grande y quedaría yo como el menos digno de los hombres ante él. Él se arrepentiría de haberme conocido y no podría olvidarme, y yo me arrepentiría de haber interrumpido el orden del tiempo y del espacio con una estupidez como ésa.
Pero tal vez, sólo tal vez, en uno o dos siglos, los restaurantes, bares y tiendas dentro de los edificios que ahora son iglesias podrían ser un hecho común y bastante corriente (con mal servicio, etc.), de la misma manera que ahora los museos, con todas sus inauguraciones, curadurías, grupos deambulatorios e instalaciones sofisticadas son la norma en lo que hace un par de siglos fueron espacios de silencio absoluto, meditación, oración y castidad.
¿Qué hubieran pensado los superiores de esos conventos y monasterios acerca de este presente? Vamos, es que ni siquiera se lo podían imaginar. Y ahora todos tan normales entrando y saliendo de esos claustros y habitaciones, fumando, bebiendo, riendo a carcajadas y hasta dándose un beso por ahí.
¿En donde era una vez el refectorio? bueno, pues ahora están los oleos de un grupo de ancianos sin ropa (han venido desde España); ¿y donde era la capilla? ahí, aprovechando que está oscuro, vamos a poner el proyector para mostrar un video de cómo el artista esculpió las nubes; ¿y qué hacemos en este cuarto, en donde dormían los padres? ahí las oficinas, porque da a la calle, y yo necesito ver el exterior de vez en cuando; y en este patio, las clases de baile, y en aquél, el teatro juvenil; ¿y los baños, dónde van a estar? pues aquí, en donde era la cocina.
Cuando me encuentro en uno de esos museos del centro, por la razón que sea, me siento abrumado por esas rutinas cambiantes. No puedo concentrarme en las obras sino en la usurpación que estoy haciendo del espacio. Imagino todo, sin ningún límite; me pierdo en el edificio e imagino miradas, historias, conversaciones. |
noviembre 26 09
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