1. Flora y fauna locales se comen. El mejor ejemplo es el restaurante de la Quinta Wagner, que se encuentra junto al invernadero, ese laberinto que invoca recuerdos de M. C. Escher. Ingerir cactáceas con salsas hechas en molcajete a un lado de la mesa es parte de mi colección onírica. La fauna de por ahí (insectos comestibles y otras especies) se puede encontrar en pueblos del semidesierto. No es una prueba de sabor: es de valor, totalmente.
2. Perfil bajo. Tantas personas —locales o no— han encontrado su lugar en el mundo en estas coordenadas geográficas pero no se jactan de ello. Es una dicha reposada.
3. Extraños lapsos. Algo pasa, a veces, que arrasa con la vida de Querétaro durante un segundo o dos. Desde el edificio más alto no se ve que la ciudad se mueva: ni autos ni personas ni las nubes; un parpadeo después, se detecta el movimiento de una bandera o el paso de un avión a lo lejos; una observación más cercana revela otros movimientos esporádicos. Un jueves común a las diez de la mañana: me quedo parado a la mitad del andador Cinco de Mayo, no hay nadie adelante de mí, no hay nadie atrás; no hay ruidos; ¿qué pasa? Rectifico: ya viene a lo lejos una señora; qué bien, no estoy solo. En una carretera secundaria a las siete de la tarde, la hora pico del continente: visibilidad ilimitada; aún así, nadie en la carretera, ni por el retrovisor ni por el parabrisas; sólo veo la torre de control, como a 20 kilómetros de distancia (supongo que hay alguien ahí); el borde del sol toca un cerro, ya veo un auto de frente, a lo lejos, que viene hacia mí.
4. La vía láctea. Sí, una vez la vi, cerca del poblado de Bucareli. Daba algo de miedo. Su presencia es superior; intimida muchísimo.
5. El café o el té por la mañana en la plaza. Esto lo voy a extrañar mucho; lo que más.
6. Conversaciones de provincia. Se pueden tener. O no. Y no es que sean más lentas que en otro sitio, ni que los temas sean diferentes. Sencillamente, su significado es ligeramente distinto; se pueden prolongar sin caer en excesos; son más rítmicas: se pueden ir degustando (sin tener conciencia de ello).
7. Mis despertadores. Depende qué tan tarde me duerma y qué tan bien descanse pero, en un día normal, escucho las campanas de La Cruz y las de Santiago (y, a veces, otras que no sabría identificar). Me van despertando poco a poco. No cada cinco, como el snooze, pero cada quince, lo cual es un plus.
8. El agua en Querétaro. A veces, la prendo como a las ocho, cuando llego a la oficina muy pronto, antes que todos. Es el primer ruido del jardín. A veces, hasta que la descubro apagada, como a las diez u once de la mañana. A veces decido no prenderla, que se quede en silencio todo ese día, sólo porque tengo la elección de hacerlo. Es la fuente de la oficina, pequeña y simple. Pero el ruido del agua cayendo burdamente otorga una humedad sonora a la jornada laboral.
9. El clima. Pocas ciudades que se jacten de su buen vivir pueden competir con el clima de aquí. Es ideal 320 días del año: mañanas o noches frescas, días cálidos y soleados, perfectos para hacer las tres comidas en una terraza al aire libre, bajo un pórtico o bajo un árbol. 320 días, por lo menos.
10. Los restaurantes chicos y las cenadurías. Sobre todo las cenadurías, que sólo abren de seis a diez (u once). ¿Se pueden ver personas cenando a las seis? Sí. Y luego pasean por ahí. ¿Alguien recuerda la última vez que hizo eso?